La Pieza del mes

Noviembre de 2019

 

Lápida funeraria de una «párvula»

Pizarra

Cáceres, 1852

Hasta la generalización de las vacunas contra enfermedades como el sarampión, la parotiditis, la difteria, la rubeola, la viruela o la tuberculosis, y las mejoras en alimentación e higiene ocurridas en el siglo XX, la elevada mortalidad infantil fue siempre una triste realidad en la región extremeña, como en el resto de Europa, alcanzando cifras de verdadero escalofrío. A mediados del siglo XIX se estima que el índice de mortalidad infantil era de 615 niños por cada mil nacidos en la ciudad de Cáceres, llegando en algunos lugares de la provincia a cotas cercanas a las 900 muertes en momentos críticos como la crisis de subsistencias de 1857. Tal era la diferencia entre el número de sepelios de edad infantil y los de edad adulta, que las parroquias conservan Libros de Difuntos específicos de «párvulos» separados de los libros generales, tal como ordenaban sistemáticamente las visitas episcopales.

Cuando acaecía una defunción, de adulto o infantil, se imponía un riguroso luto a sus allegados; durante los tres primeros días no se cocinaba ni se encendía lumbre, y toda la familia quedaba obligada a vestir con prendas negras durante años. Sólo se podía ir a la misa del alba y no se permitía asistir a bailes o fiestas, retirándose de la casa floreros, cortinajes y en general cualquier objeto de lujo o brillante.

Hasta el siglo XVIII, los difuntos eran enterrados, por lo general, en sus parroquias; los más pudientes en el interior, donde las principales familias de la ciudad levantaban sepulcros monumentales. Cuando el espacio escaseaba o los difuntos eran de clase baja las sepulturas se ubicaban en las barbacanas de las parroquias, pese a los decretos de Carlos III (1787) y Carlos IV (1804) instando a crear cementerios públicos y acabar con esa costumbre. Finalmente, un decreto de las Cortes de Cádiz (1813) obligó a establecer los cementerios fuera de las ciudades como medida de salud pública, y en Cáceres se sabe que en 1815 ya funcionaban dos cementerios, uno al norte de la ciudad y el otro al sur, en las proximidades de la ermita del Espíritu Santo, que pronto se quedaron sin espacio. El cementerio que hoy conocemos, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Montaña, se comenzó a utilizar en 1844, funcionando hasta la actual ampliación, que en este momento se encuentra en su tercera fase.

La lápida que exponemos ingresó en el Museo de Cáceres en 2010, tras haber aparecido embutida en el hueco de la pared de una casa en la Ciudad Monumental de Cáceres; probablemente fue reutilizada como material de construcción tras haber sido desalojado el nicho en el que un día estuvo sepultado el cuerpo de la párvula Ceferina Álvarez (1848-1852) en el actual cementerio de la ciudad.


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