Enero de 2019

Moneda de Tamusia

Bronce
Siglo I a. de C.


La llegada a la Península Ibérica de griegos, cartagineses y sobre todo de los romanos, generalizó el uso de la moneda como medio de intercambio comercial. La introducción del denario, la moneda de plata romana de la que procede la palabra dinero, la convirtió en modelo a imitar por los pueblos indígenas que acuñaron monedas de pesos y valores similares con el fin de poder comerciar con ellas. Los pueblos celtíberos del Valle del Ebro acuñaron denarios y monedas de bronce, con iconografía y alfabetos propios, en cuyo anverso presentan una cabeza masculina y en el reverso, un jinete sobre el nombre de la ciudad que emite y acuña la moneda.

En yacimientos de Extremadura aparecen con frecuencia monedas con la leyenda "tamusia". Presentan en el anverso, entre dos delfines, una cabeza masculina con una torques al cuello. En el reverso, un jinete lancero a derecha y debajo la leyenda escrita en alfabeto ibérico 

La moneda, tanto por su escritura como iconografía, es celtibérica, pero con la particularidad de que podría ser la única acuñada fuera del Valle del Ebro. El topónimo "tamusia" se habría conservado en el nombre del río Tamuja, que rodea el castro vetón de Villasviejas del Tamuja, en Botija (Cáceres), por lo que se ha identificado ese yacimiento con la ciudad de Tamusia. Sin embargo, teniendo en cuenta que los vetones no acuñaron moneda, por la tipología de la elegida como pieza del mes, se trata de una moneda celtibérica que imita las monedas de "sekaiza", acuñadas en la ciudad de Segeda, localizada en la provincia de Zaragoza; monedas igualmente habituales en yacimientos extremeños. Es probable que, como cita el historiador romano Plinio, pueblos celtíberos se desplazaran hasta la actual Extremadura. Tal vez gentes de Sekaiza y Tamusia llegaron para servir como tropas mercenarias durante las Guerras Sertorianas; en el campamento de Cáceres el Viejo han aparecido numerosos ejemplares de estas monedas, o como mano de obra para la explotación minera de la región. 


 

Febrero de 2019

 

Cubiertos de plata

 

Gabriel Larriva
Córdoba, 1889

 

 

 

 

Aunque el uso de cubiertos para el servicio de mesa se remonta a tiempos prehistóricos, pues se conocen cuchillos de sílex y cucharas de madera o hueso desde el Paleolítico, en realidad el conjunto de cubiertos de mesa como hoy lo conocemos no es tan antiguo como cabría pensar, ya que la generalización del uso del tenedor no se remonta más allá del siglo XVIII.

 

 

 

La propia palabra «cubierto» ha ido cambiando en su significado, pues si en el siglo XVIII se refería a todo lo necesario para el servicio de mesa, incluyendo el plato, el pan y la servilleta, desde principios del siglo XIX se utiliza también para designar solamente la cuchara, el tenedor y el cuchillo, y posteriormente se entiende también que cada una de estas piezas se denomina «cubierto».

 

 

 

Al parecer, el uso del tenedor en Europa se remonta a Bizancio en el siglo XI, cuando la princesa Teodora, hija del emperador Constantino X Ducas, mandó fabricar un instrumento de oro dotado de una o dos púas para poder trocear y comer la carne sin necesidad de tocarla. Su idea no tuvo éxito en la corte bizantina, donde se consideró un invento diabólico, pero tal vez pudo arraigar en Venecia, adonde la princesa se trasladó tras casarse con Domenico Selvo, Dux de la república entre 1071 y 1084, pese a que en principio fue tenido como algo excesivamente sofisticado. El caso es que, en el siglo XVI, media Europa comía con las manos cuando la italiana Catalina de Médici (1519-1589) introdujo el tenedor en la corte francesa de su esposo Enrique II (1519-1559) donde encontró un rechazo inicial por ser considerada la reina cursi y licenciosa, tratando también de imponerlo su hijo Enrique III (1551-1589) sin mayor éxito, dado el rechazo general a su conocida condición homosexual. El viajero inglés Thomas Coryat (ca. 1577-1617) logró por fin introducirlo en la corte de su país e iniciar su popularización tras haber viajado a Italia y comprobar que el uso del tenedor estaba muy generalizado allí, donde había alcanzado el éxito sobre todo por razones de higiene.

 

 

 

 


 

Aunque en la corte de Luis XV aún se comía con las manos, siendo servida la carne troceada, a lo largo del siglo XVIII se populariza en toda Europa el uso del tenedor, quedando ya completo el cubierto de mesa junto con la cuchara y el cuchillo. En España también se generaliza ya el cubierto completo, fabricándose en metales nobles, sobre todo la plata tanto la cuchara como el tenedor y el mango del cuchillo, si bien la hoja de este último acostumbra a ser de acero. En los hogares populares, no obstante, los cubiertos solían ser de peltre, una aleación compuesta por estaño, cobre, antimonio y plomo.

 

 

 

En los hogares acomodados de las ciudades extremeñas, los cubiertos de plata eran de uso generalizado a finales del siglo XVIII, y solían formar parte de la dote de las novias. Solían marcarse con las iniciales de la persona que los utilizaba y eran fabricados por plateros locales o foráneos, extendiéndose su uso por toda la provincia a lo largo del siglo XIX. En el cubierto que exponemos como pieza del mes, varios punzones nos han permitido determinar que se trata de un juego labrado en Córdoba por el platero Gabriel Larriva, que estuvo activo entre 1868 y 1923, y del que se conocen en Extremadura varias obras de carácter sacro en parroquias de La Cumbre, Logrosán, Garrovillas, Casar de Cáceres, Guareña, Brozas, Coria, Madrigalejo o Madroñera. Así mismo, el punzón del contraste Antonio Merino permite fechar el juego en 1889; el cuchillo lleva el mango de plata con el punzón de Larriva mientras que la hoja de acero procede de Solingen (Alemania). Las cucharas y tenedores llevan las siglas de sus propietarios, “J. V.” y “B. A. / B. V.”, e ingresaron en el Museo en 1983, junto con otras piezas de cubertería y joyería, como donación de D. Fabriciano Valiente Blas.

 


 

Marzo de 2019


 

«Casa en la carretera de la Costa» (2008)

 

Damián Flores (n. 1963)

 

Óleo sobre lienzo


 

 

Damián Flores nace en Acehúche (Cáceres) en 1963, aunque gran parte de su infancia la pasará en Belalcázar (Córdoba).

Es licenciado en la especialidad de Grabado por la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, en 1987. Decisiva para su formación será la concesión de una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores en la Real Academia de España en Roma.

La obra de Damián Flores presenta una atractiva simbiosis entre lo imaginario y lo poderosamente real, una recreación en la que todos los mundos son posibles, hondamente líricos y emotivos.

Es una estética extraña, de elementos simbólicos, de largas sombras, de objetos sumidos en una claridad en la que se echa en falta la atmósfera.

El punto de partida de su obra es esa visión casi impensada y llena de perspectivas con ángulos insólitos y extraños. Sus paisajes son lugares aparentemente luminosos, apacibles y enigmáticos.

La gran protagonista en su pintura es la arquitectura. En sus monumentos antiguos y sus plazas vacías hallamos un tiempo que parece muerto, algo quieto, detenido para siempre, impasible al devenir de los acontecimientos. El edificio lo concibe formando parte de un mundo soñado y misterioso, de lugares inexistentes. Son arquitecturas vacías, colosales y fantasmagóricas.

En «Casa en la carretera de la Costa» nos enseña un edificio con un encuadre que resulta absolutamente cinematográfico, es un «contrapicado», una forma de ver la imagen desde abajo, dándole total protagonismo a la arquitectura, una arquitectura creíble, destacando el tratamiento pictórico y metafísico del objeto, pero sobre todo su solidez. Para los pintores metafísicos la atención a la simplicidad de las cosas ordinarias constituirá el leit motiv de sus obras, y en la que apuntan muchas veces a un estado cargado de metáforas.

Además del valor intrínseco de su visión plástica es un artista sensible que domina el espacio pictórico, el color y la luz, en un mundo de perfección y armonía; alguien lo definió como «un pintor literario de arquitecturas y de ciudades».

La obra expuesta como Pieza del mes fue adquirida por la Junta de Extremadura e ingresó en la colección del Museo en enero de 2010.


Logo pie

Museo de Cáceres
Plaza de las Veletas,1
10003,Cáceres
Teléfono:927 01 08 77
museocaceres@juntaex.es