Exposiciones temporales

Julián Gómez

Hacia el jardín

Del 5 de septiembre al 8 de diciembre

 

Desde sus inicios, Julián Gómez (Cáceres, 1966) no ha dejado de actuar como quien cultiva un jardín. Intervenciones como Jardín vertical, Green Pool o su serie dedicada a las Ventanas ya mostraban, desde el minimalismo, una profunda filiación paisajística. Pero en su actual exposición, titulada Hacia el Jardín, se introduce plenamente en formas y conceptos que toman lo natural como material poético. Su actitud, como la de muchos artistas sabios, es humilde, sencilla, terapéutica: escucha la espontaneidad de lo que nace para trazar el perímetro del mundo, desde una fragilidad siempre feliz.

Hacia el jardín es un proceso, un modo de estar en el mundo. Podemos imaginar a Julián Gómez habitando las páginas que Hölderlin escribiera en Hiperión: “su corazón se sentía en casa entre las flores, como si fuera una de ellas”, imaginarlo junto a las diversas floraciones de mylar que aparecen, en diferentes lugares del museo, cuidando su forma, su color, su tacto, su brillo, y darnos cuenta de que su belleza es, sobre todo, una belleza del cuidado.

El material, expuesto a los ciclos naturales, sugiere formas botánicas, pero también existencias abstractas venidas del espacio exterior, que están ante nosotros como una tirada de dados mágica, extraña, extravagante, y que necesitan la luz para abrir su apariencia refinada, un encantamiento que fluye en lo asimétrico. Podría decirse que Julián Gómez trabaja sobre el ideograma chino 王 (wang), que, según Mario Satz, conecta la tierra, el hombre y el cielo en un equilibrio inspirado, podando cuidadosamente el ser, como un armonioso ejercicio de ikebana, para dejar, en nosotros, nuevos espacios y tiempos por habitar.

Quien ama su jardín no solo cuida los lugares centrales. También los que permanecen semiocultos, aquellos en los que nadie repararía. Por eso, en una de las zonas del museo, Gómez ha convertido un estanque en desuso en una zona de agua donde reinterpreta el jardín seco japonés como un estallido de color. Piedras de alabastro y una superficie de hojarasca multicolor realizada con plástico nos recuerda a las figuras de Widmanstätten aparecidas en el meteorito Willamette, tal vez, como señala Roger Callois, «los únicos dibujos que el hombre conozca que no sean terrestres».

Por último, en la Casa de los Caballos, el artista continúa su paso atrás y su aligeramiento del ser. La sala de exposiciones se abre al exterior del jardín. La solidez metafísica se vacía. Decrece. Se calma. Poéticamente, la totalidad se retrae. Las formas de color flotantes en los metacrilatos anuncian un nacer de la levedad, una blancura que respeta el amor por los matices infinitos. La luz pasa entre las esculturas, se curva, se transforma, se impulsa, respira. El jardín está ahí, y sigue conservando su secreto inagotable. Si María Zambrano o Heidegger pasearan entre estas piezas, pensarían en el estado naciente, en el des-ocultamiento, en la presencia débil envuelta en una ausencia que también acontece. Pensarían en Julián Gómez como mensajero meditativo de un modo de vivir confiado, que ignora la velocidad y que se abre a la paciencia, a la lentitud, a la sabiduría del musgo, indicándonos, como Voltaire, el camino hacia una “jardinosofía” del bienestar tan necesaria para nosotros, la de cultivar nuestro propio jardín.

Texto: Miguel Fernández Campón. Comisario de la exposición


Inauguración:

 Jueves, 5 de Septiembre a las 20,00 horas


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