2021

Enero / Febrero de 2021

 Chocolatera, molinillo y anafre

 Cobre, madera y barro cocido

 Siglos XIX-XX

 

Hacia Belén va una burra, rin, rin

yo me remendaba, yo me remendé

yo me hice un remiendo, yo me lo quité,

cargada de chocolate.

Lleva su chocolatera, rin, rin

yo me remendaba, yo me remendé

yo me hice un remiendo, yo me lo quité,

su molinillo y su anafre.

Este popular villancico compuesto por el P. Antonio Soler (1729-1783) menciona objetos que están en desuso y hoy sólo algunas personas conocen, pero que fueron imprescindibles en los hogares españoles entre los siglos XVI y XIX.

El anafre o anafe es un hornillo o cocinilla portátil que se usó preferentemente en la mitad sur de la Península Ibérica y que elaboraban los alfareros, aunque también los hubiese metálicos y hechos con algunos materiales pétreos; la colección de cerámica que D. Miguel Ángel Álvarez donó al Museo de Cáceres en 2013 incluye anafres fabricados en la mayoría de los alfares de la región, como Salvatierra de los Barros, Mérida, Torrejoncillo, Cabeza del Buey, Arroyo de la Luz, Berlanga o Zarza la Mayor, que es de donde procede el ejemplar expuesto, perteneciente a dicha colección. Se trata de un recipiente que contenía las brasas con cuyo calor se cocinaban los alimentos depositados en pucheros o contenedores colocados sobre la boca del anafre.

Uno de esos recipientes que se calentaban sobre el anafre es la chocolatera que menciona el villancico; desde finales del siglo XVI el consumo de chocolate a la taza se había convertido en una arraigada costumbre nacional, y las chocolateras de cobre o de barro cocido formaban parte de los ajuares de la mayor parte de los hogares extremeños. La afición al chocolate estuvo tan extendida en nuestro país que se decía que esta bebida era para los españoles lo mismo que el té para los ingleses, tardando mucho tiempo en popularizarse el consumo de café por la fuerza de la tradición chocolatera.

El chocolate debía calentarse sobre la cocina o el anafre y se podía tomar cuando adquiría la consistencia perfecta («las cosas claras y el chocolate espeso»); para conseguir ese punto se utilizaba el molinillo, definido por el Diccionario de Autoridades como «el instrumento que sirve para batir y desleír el chocolate; formado de una bola cavada o dentada, y un astil, que se mueve, estregándole con ambas manos de un lado a otro». En los martinetes de Guadalupe se batieron las hojas de cobre con las que se confeccionaron millares de chocolateras vendidas por toda España, como la que se expone junto con su molinillo este mes, la cual perteneció a la colección de D. Juan Arroyo, adquirida por el Museo de Cáceres en 1934.

 

 

Audio:


Marzo de 2021


 

«+ que palabras»

 

 Lourdes Murillo (Badajoz, 1964)

 

 Dibujo y libro objeto

 

 

 

 

 

 

La artista extremeña Lourdes Murillo es licenciada en Bellas Artes, especialidad Pintura por la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. En su larga y fructífera trayectoria cabe destacar numerosos galardones: Premio Adelardo Covarsí de Badajoz (1989); Premio Villa de Madrid del Centro Cultural Conde Duque (1998); Premio Altadis de la Galería Juana de Aizpuru de Madrid (2002), entre otros.

 

 

 

Ha participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas:  ENTRECIELO, en el Museo Barjola, Gijón (2007); AYERES Y MAÑANAS, en la Galería Weber-Lutgen, Sevilla (2016); ALHAJARES, en nuestro Museo de Cáceres (2017); LO INDELEBLE, en la Casa de Cultura de Don Benito (2019), y muchas otras.

 

 

 

El libro que exponemos, «+ que palabras y sederías» es el número 41 de los 100 firmados por la artista, cada uno está acompañado de un dibujo original correspondiente a la numeración. En el caso del libro 41 se corresponde con la palabra «SEDERÍA», fue realizado el año 2005.

 

 

 

Escribir/dibujar – la etimología griega lo expresa bien, graphein – son una sola y misma cosa. El dibujo tiene una magia añadida: conserva la memoria no de las palabras sino del rumor anterior a las palabras y lleva en sí la huella de nuestro cuerpo. Pero uno y otro, escribir/dibujar, coinciden en la distancia y en la obsesión, buscan ambos fijar el rastro de las cosas, llámese nombre o huella.

 

 

 

…. Tienen la forma de trazados sobre la arena, que discurren sin centro y crecen en espiral, ocupando el espacio blanco y creando así una especie de laberinto sin medida ni dirección. Solo alcanza su puerta quien lo recorre entero, guiado por una extraña atracción de lo inabarcable. Otras veces, se presentan como celosías protectoras. Tras ellas se adivina una luz lejana, pero todo lo otro, el obstinado mundo de los objetos, desaparece. Y pueden también entenderse como variaciones de un espacio que se precipita en agitación hasta desaparecer.

 

 

 

La pintura, los dibujos de Lourdes Murillo pueden así entenderse como el ritual de una escritura abierta, reiterada, que una y otra vez persigue las huellas de una presencia a punto de desaparecer. Son aquellas palabras que giran sobre el torbellino del tiempo, exponiéndose ahora al silencio. Una emoción extraña acompaña esa oscilación temblorosa que sacude desde su centro la disponibilidad de sus alfabetos, condición radical del nombrar. Ahí están los trazos como redes que tejen el lugar imaginario sobre el que la memoria descansa, y de la que Lourdes Murillo es ahora su ángel.

 

 

 

Francisco Jarauta

 

 

 

El ejemplar que exponemos de «+ que palabras» forma parte de la Colección de Bellas Artes del Museo de Cáceres desde el 22 de enero de 2008.


Abril de 2021

 

 

Asador de bronce

 

Siglo VI a. C.

 

Las Cortinas, Aliseda

 

 

 

 


 

 

El conocido como Tesoro de Aliseda fue hallado la tarde del 29 de febrero de 1920, cuando el niño Jenaro Vinagre, al cavar la tierra para extraer arcilla junto a un tejar en El Ejido, un terreno comunal de Aliseda, encontró pulseras y cadenas de oro entre la tierra. Sorprendido por el hallazgo avisó a sus tíos que estaban trabajando en un horno cercano. Tras una novelesca historia en la que se mezclan rencillas personales, familiares, intento de venta de las joyas en Cáceres e incluso la entrega de parte de las alhajas bajo secreto de confesión, las joyas acabaron en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, donde hoy se exhiben.

 

Durante muchos años el tesoro fue considerado como el ajuar funerario de alguna mujer importante, como parecían indicar los diferentes objetos, cuyo origen podría situarse en Grecia, Egipto y Fenicia: diadema con flores, brazaletes, anillos, collar o el cinturón, entre otros. Estudios posteriores determinaron que, entre los 25 objetos de oro, plata, bronce, vidrio y piedra encontrados, algunas joyas eran de uso femenino, otras de uso masculino y otros eran objetos de uso ritual como el brasero, el jarro de vidrio o la pátera de oro.

 

Entre los años 2011 y 2013 un equipo de investigación de la Universidad de Extremadura, dentro del proyecto «El tiempo del Tesoro de Aliseda», realizó una excavación en el sitio de Las Cortinas, ubicado 150 metros al norte del punto de El Ejido donde aparecieron las alhajas. La investigación pudo determinar que el tesoro de Aliseda no procedía ni de una tumba, ni de una ocultación, sino que se trataba de objetos de producción indígena e importados, adquiridos y acumulados generación tras generación, usados en rituales anuales, tal vez con motivo del inicio de la primavera y como exaltación de la fertilidad.

 

El único objeto de bronce aparecido en la excavación es, sin duda, la pieza más significativa de las recuperadas en la excavación de Las Cortinas. Se trata de un asador o espeto que se encontró depositado en una pequeña fosa junto con restos de un banquete. Es un ejemplar completo sin decoración y con el mango insinuado entre dos aletas planas. La sección es aplanada rectangular en toda la pieza cuyo grosor disminuye ligeramente hacia la punta llegando a una longitud de 105 cm, si bien pudo ser algo mayor, y su peso es de 257 gramos. Este asador debió de ser realizado a partir de una barra de bronce obtenida por fundición y posteriormente trabajada en caliente.

 

Los asadores se vinculan a lugares como poblados, santuarios o edificios de mayor importancia como palacios, y su uso está relacionado con rituales centrados en el asado de animales sacrificados en banquetes religiosos como ofrenda a una divinidad. En Extremadura han aparecido ejemplares similares en el poblado de El Risco en Sierra de Fuentes, en las necrópolis de Pajares en Villanueva de la Vera y Talavera la Vieja, o en los palacios-santuarios de La Mata, en Campanario, y Cancho Roano, Zalamea de la Serena.

 

Mayo de 2021

 

Plato cerámico

Loza esmaltada. Talavera de la Reina / Puente del Arzobispo

Siglo XVIII


 

Los alfares de Talavera de la Reina y Puente del Arzobispo (Toledo), que venían teniendo modestas producciones de loza de tradición mudéjar, entran a partir del siglo XVI en una etapa de esplendor que alcanzará su apogeo en los siglos XVII y XVIII. Se incorporaron motivos decorativos extraídos de la prestigiosa porcelana china, apareciendo ciervos, aves o paisajes, y posteriormente se pasó también a utilizar influencias italianas en la loza polícroma.

En esos siglos, la loza esmaltada de Talavera gozó del favor real y se convirtió en elemento de prestigio entre la Nobleza, las Órdenes Religiosas e incluso entre las clases populares; las producciones de mayor calidad artística se dan en los siglos XVI y XVII, pero en los siglos siguientes, y hasta bien entrado el XIX, se produce la popularización de estas piezas, que comienzan a estar al alcance de casi todas las economías a medida que crecen las producciones y se aprecia una clara decadencia estética frente al empuje de la loza de otros lugares, especialmente de la Real Fábrica de Alcora (Castellón) fundada en 1727.

Las piezas de Talavera no llevan marcas, por lo que su estudio se ha abordado a través de las series documentadas históricamente. En general, la producción que presenta un esmalte blanco puro procede de alfares de Talavera, mientras que las piezas de Puente del Arzobispo se caracterizan por un esmalte menos blanco y cuidado.

El Museo de Cáceres posee una amplia colección de loza de Talavera y Puente, debido a la gran difusión que alcanzaron las producciones toledanas en toda España durante los siglos XVIII y XIX. Buena parte del conjunto procede de la colección que reunió el comerciante placentino Pedro Pérez Enciso, como es la Pieza del mes de mayo, pero además las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en distintos puntos de la provincia, especialmente en el Monasterio de Yuste, han deparado numerosos fragmentos de loza y de azulejería talaverana. La mención de piezas de Talavera es muy corriente en los ajuares domésticos de los siglos XVIII y XIX por toda la provincia cacereña, y sólo en la segunda mitad del siglo XIX comienzan a aparecer con fuerza producciones populares de Manises y, en menor medida, de Sevilla.

Entre las series talaveranas de influencia china, que imitan a las porcelanas que entraban en Europa por Lisboa y Sevilla en los siglos XVI y XVII, destaca la serie de los helechos, en que los platos normalmente presentan un motivo central, que suele ser una golondrina en escorzo, un venado, un jabalí, etc., mientras que el borde del plato se decora con varios pisos paralelos de ramas con hojas que recuerdan a los helechos. Esta serie se viene fechando entre 1620 y 1725. Con el tiempo, surge una nueva serie, la de los helechos tardíos, con similares motivos, pero con una representación más simplificada de los helechos del borde, que adquieren forma de espiga; esta serie se suele fechar entre 1700 y 1800 y se fabricó de forma mayoritaria y casi exclusiva en Puente del Arzobispo.

El plato que presentamos fue adquirido por D. Pedro Pérez Enciso y posteriormente depositado por la Diputación Provincial de Cáceres en nuestro Museo, y presenta en el centro la golondrina en escorzo característica de este grupo, junto a los conocidos motivos vegetales esquemáticos. Procede muy probablemente de Puente del Arzobispo y puede fecharse entre 1725 y 1800.



Logo pie

Museo de Cáceres
Plaza de las Veletas,1
10003,Cáceres
Teléfono:927 01 08 77
museocaceres@juntaex.es